Hay una herida silenciosa que atraviesa a muchas personas:
la distancia entre quien soy hoy y quien siento que debería ser.
A veces esa distancia se vive como fracaso.
Otras, como vergüenza.
Y muchas veces, como una certeza dolorosa de no estar a la altura.
En el acompañamiento que realizamos con personas en situación de exclusión y sin hogar, esta brecha aparece constantemente. El yo actual —marcado por la precariedad, la pérdida, el trauma, la soledad— parece estar a años luz de un yo posible: estable, autónomo, digno, reconocido.
Cuando esa distancia se percibe como inalcanzable, la autoestima se desmorona.
No porque la persona no tenga valor, sino porque ha dejado de ver el puente.
El horizonte no es un destino
En filosofía, Aristóteles hablaba del télos, esa finalidad o plenitud hacia la que tiende todo ser. No como una exigencia externa, sino como una posibilidad interna: la semilla que contiene el árbol.
Pero hay algo importante: el árbol no le exige a la semilla que florezca en invierno.
El problema no es tener un horizonte.
El problema es convertirlo en una sentencia.
El “yo ideal” puede ser una brújula.
Puede orientarnos, inspirarnos, recordarnos que hay algo más amplio que nuestra circunstancia actual.
Pero si lo transformamos en comparación constante, se convierte en violencia interna.
El horizonte, por definición, nunca se alcanza.
Y sin embargo, caminar hacia él transforma el paisaje.
Tal vez no se trata de cruzar la distancia de un salto, sino de comprender que esa distancia es parte del camino humano.
Cuando la brecha se convierte en abismo
En el albergue vemos a menudo cómo el yo actual está tan dañado que resulta casi imposible imaginar un yo posible.
La persona no solo piensa: “Estoy mal ahora”.
Piensa: “No puedo ser otra cosa”.
Y ahí la autoestima se erosiona profundamente.
Paul Ricoeur, filósofo de la identidad narrativa, decía que no somos una esencia fija, sino un relato en construcción. Nuestra identidad no está cerrada; se reescribe en el tiempo. Pero para poder reescribirla, necesitamos un mínimo de esperanza y de reconocimiento.
Si alguien solo ve carencia, error y fracaso en su presente, el relato se congela.
Por eso, en el acompañamiento, el trabajo no comienza diciendo “puedes llegar a ser esto”.
Comienza diciendo: “Mira lo que ya eres”.
Tres movimientos para acercarnos sin violencia
Si pensamos en cómo cuidar la autoestima teniendo en cuenta el yo actual y el yo posible, quizá podamos hacerlo desde tres movimientos suaves y profundamente humanos.
1. Reconocer lo que ya está
Cuando alguien vive en exclusión, es fácil que su identidad quede reducida a su circunstancia: “sin hogar”, “adicto”, “fracaso”, “problema”.
Pero nadie es solo su herida.
Reducir la distancia entre el yo actual y el posible comienza por reconocer los recursos que ya existen: la capacidad de resistir, la ternura que aún aparece, la honestidad, la sensibilidad, la fuerza de levantarse una vez más.
Poner atención en lo que sí hay disminuye la brecha interna.
No porque niegue las dificultades, sino porque amplía la mirada.
La autoestima no crece solo desde la mejora.
Crece desde el reconocimiento.
2. Sustituir comparación por presencia
Compararnos constantemente con lo que “deberíamos ser” agranda el abismo.
La comparación suele estar cargada de exigencia, de prisa y de juicio.
La presencia, en cambio, permite habitar el punto exacto donde estamos.
En la práctica de yoga o meditación lo vemos con claridad:
No se trata de hacer la postura perfecta.
Se trata de estar en la postura que hoy es posible.
Cuando alguien aprende a habitar su presente con un poco más de amabilidad, algo cambia. El yo actual deja de ser un enemigo y se convierte en punto de partida.
La distancia ya no es un lugar de humillación, sino de proceso.
3. Acción comprometida y compasiva
La autoestima tampoco se reconstruye solo desde la aceptación pasiva.
Necesitamos movimiento.
Pero no movimiento desesperado, sino comprometido.
En terapia hablamos de acción alineada con valores: pequeños pasos coherentes con lo que es importante para mí, aunque el camino sea largo.
Para alguien que vive en exclusión, puede ser algo tan sencillo —y tan enorme— como asistir a una entrevista, retomar un hábito de cuidado, pedir ayuda, sostener una rutina.
Cada pequeño acto coherente acorta la distancia simbólica entre el yo actual y el posible.
No porque nos convierta de inmediato en otra persona.
Sino porque demuestra que seguimos caminando.
Y caminar ya es una forma de dignidad.
La autoestima como reconciliación
Quizá la autoestima no sea convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos.
Quizá sea reconciliarnos con quien somos hoy, sin renunciar a crecer.
Entre el yo actual y el posible no hay un vacío que saltar, sino un puente que construir. Un puente hecho de reconocimiento, presencia y acción comprometida.
En el acompañamiento lo vemos:
cuando alguien deja de mirarse solo desde la carencia y empieza a reconocerse como proceso, algo se suaviza. La motivación no nace del castigo, sino del cuidado.
Y entonces el horizonte deja de ser amenaza y se convierte en dirección.
Porque el yo posible no está ahí para recordarnos lo que nos falta.
Está ahí para recordarnos que aún estamos vivos, y que la historia no está
cerrada.
Tal vez la verdadera autoestima no consista en llegar a ser alguien distinto,
sino en caminar hacia lo que podemos llegar a ser
sin abandonar a quien somos ahora.
Con cuidado,
sin violencia,
y paso a paso.
Noelia 🌿
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